¿Se puede ser amigo de tu ex?

31 10 2006

Dicen que entre el amor y el odio hay un paso, pero entre el amor y la amistad puede haber un abismo. Ser amigo del ex es lo más difícil, pero cuando se consigue es altamente gratificante y entonces entenderás lo importante que puedes ser en su vida.

La diversidad también está en las formas de terminar una relación. Mucho depende de cómo fue la ruptura para saber si es posible una amistad después de una relación de pareja. En el recuento de los daños producidos por la ruptura, es importante saber quién sufrió más el desenlace y en este sentido, asumir el duelo personal, pero fundamentalmente comprender el del otro.

Aunque difícil, en estos tiempos más vale sumar que restar. Si tu ex pareja fue alguien realmente importante, si vivieron momentos formidables, si sabes que te entiende y conoce tus debilidades, si ambos se saben apoyo mutuo, entonces vale la pena luchar por una amistad aún después de terminar.

En primera instancia, hay que darle tiempo al tiempo. Antes que tu ex, tú mejor amigo es el tiempo. Serán los días, las semanas, o los meses, los que darán sosiego a tu alma después de una ruptura. Si antes pensabas todo el tiempo en él/ella, l@ extrañabas en su ausencia y te sentías feliz con el sólo hecho de saber que está contigo, ahora tendrás que pensar en sentido contrario esas emociones. Es decir, antes de ser amigo suyo tendrás que reconocer que la relación ya terminó y resignarte.

En este sentido, el alejamiento puede ser el primer paso. Si evitas llamadas, mensajes, correos electrónicos, entonces propiciarás las condiciones para una verdadera amistad. En ocasiones, después de una relación de mucho tiempo, siempre quedan asuntos en común pendientes. Lo conveniente es resolverlos rápidamente y poner distancia de por medio. Cuando lo busques nuevamente, asegúrate que en realidad quieres ser su amig@ y no regresar con él/ella, de otro modo sólo sufrirás cuando te enteres de sus amoríos.

Ya en confianza, cuando incluso podáis charlar sin que afecte a sus sentimientos las razones de por qué se acabo, es importante que tanto uno como el otro reconozcan sus propios fallos y responsabilidades en el desenlace. Es la forma de cerrar el círculo de una manera oportuna para los dos. Entonces están dadas las condiciones para comenzar a construir una amistad.

Suele pasar que aunque el amor se ha desvanecido, la posesión sexual está presente. “Ya no siento nada por él/ella, pero me molesta que tenga sexo con otras personas”, es una frase que todos hemos escuchado. Éste es el obstáculo más difícil y es el último que superar para llegar a la indiferencia sobre su vida sentimental y sexual.

Lo peor que puedes hacer es irte a la cama con él/ella nuevamente ya que pueden volver a surgir sentimientos que los confundan y hagan más tardío el distanciamiento emocional. “Seguir con él/ella imposible, pero en la cama somos un excelente equipo”, también es una frase común, pero motivo seguro de futuros disgustos. Al principio puede ser natural, sin embargo hay que disminuir conscientemente la dosis de encuentros sexuales con el/la ex.

Algo que puede ser útil es salir con otras personas, no necesariamente para establecer pronto una relación formal, pero sí para el sano esparcimiento, tanto social, como sexual. Es verdad que un clavo no saca otro clavo, pero ayuda bastante.Poco a poco te darás cuenta de que ya no sientes esa necesidad de acostarte con tu ex.

Al final, cuando menos te lo pienses, ya podrás contar con un amigo/a más, quizá el/la mejor. Lo acompañaras a eventos importantes, te presentará a sus nuevas parejas, tú harás lo propio. Compartirás momentos felices, desde luego también los tristes. Sabrás que en cualquier momento que lo necesites tomarás el teléfono y el/ella estara para apoyarte y viceversa





Cuando el movil suena

2 10 2006

Debe ser por vivir donde vivimos, donde el lenguaje es recreación constante, y donde cualquier giro expresivo, cualquier historia oída a medias te da material para fabular batallitas que ni el abuelo Cebolleta.

Como uso bastante los transportes públicos, hay algo que cada vez que cojo un autobús me llena no de curiosidad, ni de la admiración hacia los retruécanos lingüísticos de la zona, sino de pudor.

Hablo de los móviles, claro. Estás tu allí apoyado a la barra o al delante de la puerta del autobús que nunca sabes exactamente con qué retorcido mecanismo abre, con el dedo preparado para darle al botoncito que anuncia la parada, no vaya a ser que el conductor se la pase, y de pronto ves que se alza una voz por encima de todo el traqueteo del autobús, y de las conversaciones más normales de otra gente que se cuenta sus males o de chavales que ponen verde a profesores sin que les importe que otro profesor quizá del mismo colegio esté allí intentando no caerse, o ese grupo de chicas que se cuentan por qué no pueden tragar a menganita o que todavía quisieran saber qué demonios se tomaron en el último macrobotellón que ni se acuerdan de en qué momento decidieron hacerse el tatú que ahora les adorna la rabadilla.Es la mar de moderno, esto de tener móvil y estar localizable a todas horas (menos cuando la vocecita mecánica te dice aquello de que está apagado o fuera de cobertura, cosa que pasa, según la ley de Murphy, sólo cuando haces una llamada importante). Y líbreme San Cleto de criticar a nadie (no es por criticar, es comentar, que dicen mis vecinas en la esquina cuando se ponen a darle a la mojarra), pero a mí me da cierto reparo enterarme de la conversación telefónica de otra gente a la que no conozco de ná, con la que voy a cruzar mi vida unos insoportables veinte minutos de traqueteo, más que nada porque el susodicho elemento habla con un tono de voz que dan ganas de ponerte firmes y a mí me interesa poco enterarme de lo que van a ponerle esa noche de comer, de lo que le ha dicho el de la hipoteca o me suena a perogrullo que insista una y otra vez, porque el otro comunicante no lo oye, que está en el autobús y se empeña en hablar más fuerte, como decía Pepe da Rosa (y era verdad) que hacemos con los turistas que no nos entienden.Digo yo que podrían, no sé, hablar más bajito. O decir ahora te llamo. O mira, dentro de veinte insoportables minutos de traqueteo vuélveme a llamar. Nada. Ahí todo el mundo se entera de la mitad de la conversación, que suele ser una tontería la mayoría de las veces y que a mí me llena de pudor, ya os digo, porque me parece que soy agente encubierto de la CIA de esos que van con la camiseta forrada de cables y el micrófono preparado para detener a alguien. Hace unos días, además, una bella señorita mantuvo una charla a voz en grito, pero cabreada de verdad, con un enfado de mil pares ella sola, levantando cada vez más la voz y poniendo a caer de un burro al insensato que había tenido la ocurrencia de llamar o de pulsar el botoncito verde de su móvil respectivo. Era una guiri-guiri. Rusa, me parece, porque no se le entendía más que le iba a dar un patatús grandísimo de un momento a otro y que como tuviera cerca al otro, lo iba a correr a gorrazos, tovarich.

Imagino que, como toda la otra gente que tira de móvil en autobús, le importaba un carajo lo que pudiéramos estar pensando, si además no le pillábamos ni palabra. Y todos los demás viajeros allí, soportando el chaparrón y los perdigones, mirando para otro lado, y disimulando, aunque todos hacíamos por enterarnos de qué iba la bronca. Qué menos: nos había sumergido a la fuerza en esa parcela de su intimidad a la que renunciaba de aquella forma, invadiendo de paso nuestra intimidad sonora propia.








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