El hombre que rezaba

4 02 2009

Esta mañana había allí un hombre que rezaba: era de corta estatura y vestir descuidado, y he visto como sus ojos se dilataban mientras de sus labios brotaban sin cesar padrenuestros y avemarías, encadenados por invisibles eslabones forjando un rosario monótono y frágil.

Tan frágil como su mirada ausente que todo el mundo evitaba.

Pues huimos de los que son diferentes, de todos aquellos que no encajan en nuestra definición de aceptable normalidad: enfrentar su mirada es arriesgarnos a reconocer en ella una parte de nosotros mismos, y eso nos aterroriza y nos niega el abrirnos a la empatía, a la compasión, a la mano tendida. ¿Quien se atreve hoy día a ofrecer consuelo a un desconocido cuando nos hallamos con los pies firmemente plantados en el egoísmo de nuestras propias vidas, nuestras propias alegrías, nuestras propias tragedias?

Y así le observaba yo, parapetado a salvo de su extrañeza tras mis gafas de sol, mi elegante corbata y mi cómoda vida, contemplando a un ser humano desde arriba como si no formase parte de mi propia humanidad. Un espectáculo más:

(¡¡Pasen, señoras y caballeros, y contemplen al loco que les hace sentirse superiores y cuerdos!!. ¡¡Ni siquiera están obligados a entregarle unas monedas!!)

Pero al percatarse de que le miraba ha enfocado en mí sus ojos abrumadoramente lejanos, musitándole al aire, a mí, a nadie:

- Perder a un padre con 30 años… Cómo se puede perder a un padre con 30 años…

Y ha continuado con su interminable letanía contra el dolor y la pérdida mientras mi parapeto se hacía pedazos.


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